Verdaderas fechas de amor prueba

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Odio a muerte en la España profunda

2017.08.14 08:53 Subversivos Odio a muerte en la España profunda

Sucedió el domingo 26 de agosto de 1990 a última hora de la tar­de en un lugar llamado Puerto Hurraco, un pueblo profundo de Ba­dajoz con 205 habitantes censados y protegido por dos montes ne­gros con forma de ala. Los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo, de 56 y 58 años, se apostaron en un callejón, descargaron sus escopetas de repetición y abatieron a quince personas. Nueve de ellas murie­ron entre esa fecha y el 10 de septiembre y las seis restantes fueron reponiéndose con desigual fortuna: todas han quedado marcadas por la tragedia, pero algunas tendrán que soportar el recuerdo en una silla de ruedas.
LOS SUCESOS DE EL PAÍS Puerto Hurraco, odio a muerte en la España profunda Los reportajes y ensayos de esta veraniega serie han sido extraídos del libro Los sucesos de EL PAÍS, publicado en 1996 como parte de la conmemoración de los 20 años del diario, lanzado el 4 de mayo de 1976. Históricas firmas del periódico, como Rosa Montero, Juan José Millás o Jesús Duva desmenuzan algunos de los crímenes que han marcado la reciente Historia de España, de la matanza de Atocha al crimen de los Marqueses de Urquijo.
En un principio, los hermanos habían venido decididos a asestar un golpe de muerte a la familia Cabanillas —las dos hijas de Antonio Cabanillas, de trece y catorce años, fueron las primeras en caer—, sus enemigos frontales desde los años veinte, pe­ro el olor de la pólvora y la sangre que corría pendiente abajo por la calle principal les dejó clavados en el suelo y en el gatillo. Al final, dispararon sobre todo lo que vieron. Emilio huyó al monte después del primer cargador. Antonio se quedó allí todavía un rato, hasta agotar el segundo. Horas después, de madrugada, la Guardia Civil tuvo que sacar a tiros a los dos hermanos de un cercano olivar en el que se habían refugiado —tanto, que dos guardias civiles resultaron gravemente heridos. Luego, se comentó que por qué no habían huido, por qué habían quedado atrapados en el lugar rabioso de su cri­men. Tal vez, la venganza, que les había atado a Puerto Hurraco du­rante toda la vida, les atara también después de llevarla a cabo.
El suceso se vivió en España con la extrañeza y el temor de quien se encuentra frente a páginas del pasado resucitadas con actores de carne y hueso. La década recién inaugurada quería significar el ine­luctable fin de aquella otra España de oscura conciencia, aislada del mundo y sobreviviendo dificultosamente de recursos escasos y entre penas y culpas que se colaban por los callejones históricos del pesi­mismo y de la tristeza. Eso había terminado. Estábamos en Europa y ya habíamos dado los primeros pasos hacia una modernidad con­sensuada por los propios y arropada por los extraños. Muchos vie­ron en Puerto Hurraco una fotografía antigua o el último latigazo de un mundo que se extinguía, pero muchos otros se enfrentaron, con una perplejidad interrogante, a un suceso real y presente que ponía en cuestión la idea actual de España, siempre vista a través del pris­ma urbano, cubierta por la sombra avanzada de la capital y de las capitales. Aquí se cifraba la incógnita: se trataba del pasado o se tra­taba de ignorancia del presente.
Dos días después de la matanza, el suplemento dominical del dia­rio EL PAÍS envió a quien esto escribe y al fotógrafo Miguel Gener a buscar las claves de un suceso que reunía paradojas suficientes co­mo para pensar que la averiguación no había concluido con la me­ra información del desastre.
Detrás de los visillos
La primera impresión de Puerto Hurraco, una estrecha calle principal en cuesta, a última hora de la tarde espesa y caliente de agosto, con una mujer que todavía fregaba en las paredes y en el cemento las manchas de sangre, y puertas cerradas a cal y canto, fue la de estar visitando un pueblo con gente vigilando detrás de los visillos de la ventana. De vez en cuando se escuchaba, casi exagera­damente, casi como si uno se lo estuviera inventando o esperase in­ventárselo, un cerrojo que recorría la calle, que salía del pueblo y que se perdía en una resonancia entre los omóplatos de los dos mon­tes negros que planeaban siniestramente sobre las casas blanquea­das. No había nadie en la calle y las únicas figuras visibles eran las de dos guardias civiles sentados en un cuatro latas ladeado sobre una cuneta a la entrada del pueblo.
MÁS INFORMACIÓN Puerto Hurraco, odio a muerte en la España profunda Todo lo publicado en EL PAÍS sobre el caso 2015: Puerto Hurraco quiere olvidar 2010: El último de los asesinos se ahorca en su celda 1994: 688 años de cárcel para los hermanos Izquierdo De vez en cuando, algún vecino cruzaba velozmente y miraba al­rededor como si tuviera que cerciorarse del lugar en que vivía. Con el paso del tiempo, se terminaba descubriendo a otros periodistas y fotógrafos, que salían apresuradamente de una casa para entrar en otra y que ya habían adoptado los hábitos clandestinos de la pobla­ción. El día que siguió al entierro de las víctimas, entre el fragor de cepillos que intentaban borrar la sangre del domingo, un vecino pi­dió a los reporteros que no se marcharan, «porque así se sentían más protegidos». Pero, al mismo tiempo, no aceptaba hospedajes «por temor a represalias». La guerra de Antonio y Emilio Izquierdo ha­bía derivado en una guerra interna: a ver quién dice y qué a los pe­riodistas.
En los días siguientes a la matanza, uno de los aspectos más sorprendentes —para un recién llegado— era el clima de tensión que se había creado entre los propios vecinos. Daba la impresión de que la alarma no había dejado de sonar todavía y de que esta vez el peligro no iba a venir de afuera —Emilio y Antonio vivían en Monte­rrubio de la Serena—, sino de los intestinos de la aldea. La razón, sencilla, pero que tardaba en descubrirse, tenía que ver con los in­trincados lazos de parentesco de los habitantes de Puerto Hurraco. Los Izquierdo y los Cabanillas se odiaban, y el hecho es que una buena parte de las familias de Puerto Hurraco eran Cabanillas o Iz­quierdo, pero una parte aún mayor había mezclado sus apellidos con el sistema endogámico tan habitual en las zonas rurales y aisladas del interior de la península. De forma que los Cabanillas Izquierdo o los Izquierdo Cabanillas suponían un verdadero grueso de la po­blación.
El cementerio era una prueba contundente de esta tupida red de peligros. Situado a un costado de la carretera general, rodea­do de un campo que parecía en estío permanente, mostraba con to­da claridad y en letras de molde la hegemonía de los dos apellidos y de sus mezclas. Para mayor enrarecimiento, en la catástrofe del do­mingo había muerto una cuñada del marido de Emilia Izquierdo, la tercera hermana en discordia junto a Luciana y Ángela —a las que más tarde se acusaría de haber inducido a sus hermanos al asesinato.
En esos días, cada cual podía imaginar la amenaza en el interior de su propia casa o lindando con la del vecino. Todo dependía del bando en que cada uno decidiera alistarse o se sintiera incluido, ha­bida cuenta de que todos y cada uno tenían innumerables posibili­dades de pertenecer a ambos. Por tanto, una cierta arbitrariedad surgida de lo que no se sabía del otro, del próximo, cuyos verdade­ros sentimientos podían haber estado escondidos o disimulados para brotar ahora repentinamente, se unía a la conmoción y al miedo generalizado. La ecuación resultante era, pues, miedo más arbitra­riedad y su solución, una incógnita. Curiosamente, esos mismos tér­minos habían estado, como se vería después, en el origen de la tra­gedia.
Los días que siguieron al suceso fueron días temidos. Había mie­do al regreso de las hermanas presuntamente instigadoras, Luciana y Ángela, evaporadas desde la semana anterior; miedo a Antonio Cabanillas, el padre de las niñas asesinadas; miedo a la respuesta de las distintas ramas de las distintas f31nilias, dentro y fuera del pue­blo; y, sobre todo, un miedo contagioso a que la cuerda del último drama tirase de otros dramas sobre los que el olvido había trabaja­do como una lápida. Algunos vecinos hablaban ya de hacer las ma­letas y de cerrar los escasos negocios. Se temía el éxodo.
Fuera de esto, existía también una aprensión —causada por esta estructura de parentesco— relacionada con que ciertas historias sa­lieran a la luz. Una especie de pudor repentino de una aldea endo­gámica acostumbrada a guardar sus conflictos. Y también un tem­blor vergonzoso a aparecer como el reflejo miserable de esa España profunda, tan traída y llevada por los libros, por el cine y por la te­levisión, de niños en las tinajas, campesinos obtusos y sanguinarios, y malevolencia rural.
En el fondo, con unas cosas y con otras, se estaba jugando la su­pervivencia del pueblo. Había algo más que una disputa sangrienta entre familias: se había puesto en peligro la supervivencia colectiva.
Cuando los vecinos se decidían a hablar era para defender esa su­pervivencia. Insistían, de un modo que se dirigía en primer lugar a su propio convencimiento, como si la presencia del interlocutor sir­viera sobre todo para escucharse a sí mismos, en que el estallido no afectaba más que a los «amadeos» y a los «patas pelás», ramas par­ticulares de los Cabanillas y de los Izquierdo. Aceptar la idea de una guerra entre los Cabanillas y los Izquierdo, sin matices y sin reduc­ciones, era transigir con la idea de una guerra universalizada y con la previsión de una hecatombe a la vuelta de la esquina. Fuera co­mo fuese, el primer gesto de la supervivencia consistía en espantar los fantasmas de una contienda colectiva, particularizando el con­flicto hasta contenerlo en su territorio más pequeño.
La supervivencia, además, merecía la pena en términos objeti­vos. Los términos estaban relacionados con la reciente prosperidad del pueblo, tradicionalmente dedicado a la aceituna, el grano, los cerdos y las ovejas. Las subvenciones estatales y el empleo comuni­tario habían hecho crecer el nivel de vida en los últimos cinco años. Se veían casas nuevas y reformadas por todas partes, las calles es­taban asfaltadas y en los pequeños negocios se respiraban aires de beneficio. Para entenderlo mejor, había que remontarse a la historia de una aldea que no conoció la electricidad hasta los años se­tenta, el agua corriente hasta los ochenta y el asfaltado de las calles hasta hacía seis años. Por primera vez, aquella conciencia colecti­va, secularmente cerrada al mundo, había empezado a asomarse a él. Los defensores de la tesis de la tragedia aislada luchaban con­tra la memoria en una atmósfera de pólvora antigua. Era la memo­ria de una aldea fundada por familias Izquierdo provenientes del cercano Helechal en el siglo pasado y que, a principios de la centu­ria, se encuentran conviviendo con extraños que regresan de una emigración cubana.
En ese momento comenzó la guerra, la guerra de los Camariches (Izquierdo) contra los Habaneros (Cabanillas). Es decir, la guerra de los fundadores contra una familia de intrusos llegada de Cuba. A la vista del entramado presente de parentescos, la resurrección de ese conflicto significaría la guerra de todos contra todos. Después de tan­tos años, y estando tan cerca ya del mundo contemporáneo, los habi­tantes de Puerto Hurraco temían, tras el nefasto domingo de agosto, levantarse por la mañana pensando que cualquiera podía ser un ene­migo, que la fiera dormida podía despertar y llenar el aire de zarpa­zos. Como si no hubiera pasado el tiempo o como si hubiera dado igual que el tiempo hubiera pasado. En ese aspecto, sus sentimientos eran muy semejantes a los sentimientos con que el resto del país les contemplaba. Mientras el país entero, a su vez, se sentía observado por los nuevos y modernos amigos europeos, los mismos que habían surtido la leyenda negra española de hechos que la confirmaban ejemplarmente, de hechos muy semejantes a los de Puerto Hurraco. Seguramente, Puerto Hurraco hizo que los españoles se volvieran tan hipersensibles a la observación como los propios vecinos, y también desde esa oscura culpabilidad nutrida por la incertidumbre y la ig­norancia.
La historia olvidada
Existía, por tanto, una historia de Puerto Hurraco, una historia escondida y, al parecer, fatalmente olvidada, a la que se había re­gresado brutalmente a causa de ese mismo olvido.
Hacia 1920. Unos niños juegan en el polvo marrón de una calle­juela. Los hombres arrastran sus mulas en el campo y las dos len­guas de piedra negra que desde la montaña lamen Puerto Hurraco lanzan chispazos de luz. Los niños son Ángel Cabanillas, apodado El Rapa, y los hijos de La Torcía y La Daniela, ambas de familia Iz­quierdo. De pronto, se enredan en una gresca. El Rapa, de catorce años, se marcha a su casa. Al cabo de un rato, cuando quiere salir de nuevo a la calle, La Torcía y La Daniela le esperan armadas. La madre de Ángel Cabanillas no le deja salir. El incidente crea una tensión desproporcionada entre las familias. No hay un previo con­flicto de tierras, ni otro conocido. Pero la tensión alcanza los años si­guientes, cuando las familias aparecen en la historia completamen­te enconadas.
Año 1928 o 1929. Luis Cabanillas se interpone en la amistad de su hermana Matilde con Alejandro García Izquierdo. Alejandro pide ayuda a los parientes Izquierdo y traman esperar a Luis a la salida del salón de baile de Marcelo Merino. Son las últimas horas de la fiesta, el ambiente del salón está espeso y un amigo de Luis abre la ventana. Por encima de los tejados distingue el perfil lunar de los montes y, con la misma luz, a Alejandro y a sus primos apostados en una de las callejuelas. Luis hace cuestión de honor en salir mientras tantea la navaja que lleva en el bolsillo del pantalón. Antes de que los Izquierdo reaccionen, asesta una puñalada en el cuello a Alejan­dro García. El acuchillado nunca llegó a recuperarse totalmente. «Se quedó como atontado.» Luis Cabanillas fue condenado a siete me­ses de cárcel ya posterior destierro en Peñarroya.
Año 1935. Se repite el suceso con distintos protagonistas e inversa fortuna. Un baile en una fiesta cercana. Basilio Cabanillas ronda a Amelia Izquierdo, prima de Daniel Izquierdo, por mote El Dentis­ta. Al parecer, Basilio y Amelia se entienden. El Dentista interrum­pe la escena y discute con Basilio. El clima se caldea a lo largo de la noche. Finalmente, El Dentista lanza una amenaza y se marcha. Ba­silio regresa al pueblo caminando, sorteando pedregales y olivos en una noche cerrada. El Dentista surge de entre unos matorrales y le apalea hasta tumbarlo. Basilio consigue llegar a su casa y de allí a un hospital de Badajoz, donde tardará semanas en reponerse. Daniel Izquierdo, El Dentista, fue encarcelado y años después tuvo que pa­gar fianza para conseguir la licencia de escopeta.
Hasta estas fechas, los conflictos responden al esquema de Ca­mariches contra Habaneros. No hay disputas materiales de ninguna especie. Las disputas tienen trasfondo grupal y las heredan los pa­rientes por extensión consanguínea y cronológica. Se trata de los fundadores y de los emigrantes que legan a su descendencia una probable competitividad a escala local y sólo explicable dentro de un entorno cerrado donde el roce produce una marca cuya exposición continua tiende a pasar por herida.
El resto forma parte de una historia más y mejor manejada por los que todavía viven. Pasaron 26 años desde las andanzas de El Dentista hasta la desgracia siguiente. En ese plazo largo, que no se­ría el único de magnitud que mediaría entre catástrofes, los Cabani­llas y los Izquierdo debieron de fundirse en una maraña de lazos de parentela, que hoy son inextricables y amenazadores. Estos lazos parecían configurar una paz decisiva. Pero en Puerto Hurraco la paz ni se decide ni tiene dueños.
Años 50. Amadeo Cabanillas Caballero y Manuel Izquierdo, llama­do Mal Tiempo, echan ovejas en los tristes pastos de Puerto Hurraco. Las fincas lindan. No hay cercado, sólo un golpe largo de tierra amon­tonada que las separa. Las ovejas entienden mal la delimitación y se la saltan sin reflexionar. Otra gresca, de no grandes dimensiones, pe­ro que se conserva en la memoria como un hito de este prolongado ca­mino de desavenencias. El que algo así se conserve en la memoria es lo más inquietante de todo.
Año 1961. Se produce el primer choque entre Antonio Cabanillas -el padre de las niñas asesinadas-, todavía niño, y los futuros cri­minales de sus hijas, Emilio y Antonio Izquierdo. «Al niño le tupie­ron la boca de hierba.» El padre de las niñas asesinadas negó en esos días aciagos de agosto que tuviera jamás un roce con Antonio y Emi­lio. Aunque lo negaba no como si negara el hecho, sino como si ne­gara cualquier especie de memoria. Mientras se dirigía con su trac­tor al campo, dos días después de las desgraciadas pérdidas, de la boca de Antonio Cabanillas se escapaba la palabra «maldad» con una certeza religiosa.
El caso es que, sin moverse de la fecha, Amadeo Cabanillas Ri­vera, hijo del otro Amadeo y hermano de Antonio, discutió con Jeró­nimo y Luciana, hermanos de Antonio y Emilio por el asunto del chaval. Luciana se rompe un brazo al caer empujada por Amadeo: ésta es toda la historia de amor que vivieron y que en 1990 levanta­ba especulaciones acerca de un despecho sentimental que habría ali­mentado la última fase del resentimiento. Jerónimo esperó en la fin­ca de Las Pelícanas a Amadeo y lo mató de una cuchillada. Años de cárcel, psiquiátrico y destierro a Monterrubio, a seis kilómetros. El pueblo donde vivían y desde el que tramaron los hermanos Izquier­do la matanza.
1984, veintitrés años más tarde. La casa de Isabel Izquierdo, ma­dre de los convictos y hermana de Mal Tiempo, se incendia. La ma­dre muere, y las hermanas, que estaban esa noche en la casa, acusan a Antonio Cabanillas de haber prendido el fuego y al pueblo entero de no haberles ayudado. Lo cierto es que olvidaron a su madre entre las llamas y que muy pocos vecinos llegaron a despertarse esa noche.
  1. Jerónimo repite cuchillada en la Cooperativa de Monterru­bio, esta vez sobre Antonio Cabanillas, que tiene que ser ingresado. A partir de este momento, los Patas Pelás se enclaustran en su feu­do de Monterrubio. Los hermanos se dedican a jugar a las cartas y a toma: helados de corte, una especie de pasión. Luciana y Ángela van clamando justicia por las calles, se arrodillan delante del cuar­telillo de la Guardia Civil y obligan a los vecinos a desenchufar los frigoríficos ya parar los relojes de pared, por temor a que camufla­ran bombas. Una existencia entre la locura y el miedo, alimentada por confidentes y enzarzadores. Después de que la locura y el miedo hubieran fermentado lo suficiente y se hubieran descompuesto en su propio caldo de cultivo, llegó el domingo sangriento, tras las fiestas de agosto. «Vengo a por el Puerto, esto vengo esperando hace seis años», dicen que gritaba Emilio Izquierdo desde el callejón entre descarga y descarga de su repetidora.
Ruido de cerrojos
Esta historia pudo componerse a partir de fragmentos, de confi­dencias a media voz, hechas en el pequeño bar donde los parro­quianos se limitaban a jugar a las cartas y a vigilar permanente­mente a los periodistas o, tras llamar a alguna puerta, atravesar un largo pasillo y quedarse en el patio del fondo mientras los dueños de la casa echaban los cerrojos. Jamás se confiaban en grupo. Las úni­cas posibilidades dependían de encontrar a solas al interlocutor o de sacarle de la proximidad de los otros. Las mujeres y los hombres ha­blaban en su casa sólo a condición de que no estuviera el cónyuge. La mutua vigilancia a que todos se sometían daba como resultado un silencio a medias y, muchas veces, ficciones o falsedades.
Los más proclives a soltarse, y no mucho, eran los emigrantes que habían regresado para las fiestas y los que habían tomado la deci­sión de marcharse. Por lo general, se negaban a dar el nombre y sólo apuntaban la rama de Izquierdo o Cabanillas a la que pertenecían y cuya posición estratégica en el conflicto era prácticamente imposi­ble desentrañar para el forastero. La mayoría hablaba como Caba­nillas en esos momentos, pero un ligero contraste con el siguiente in­terlocutor arrojaba la idea contraria. No decían su nombre, aunque se denunciaban entre ellos. «Ése con el que dice que ha hablado es un Amadeo» o «ese es un Pata Pelá».
Al llegar la noche, los guardias civiles recomendaban severamen­te que los periodistas dejaran el pueblo. Entonces sí que sonaban los cerrojos más allá de toda atmósfera literaria. Miguel Gener hizo unas espléndidas fotografías de lo que era la noche en Puerto Hurraco, aguantando en aquella oscuridad tensa en la que las luces de los fa­roles se pegaban al suelo y dejaban recortado por encima el cielo an­cho, espeso y nocturno, de las tierras pacenses. Esas fotografías con­siguieron reproducir las tenebrosas impresiones que podría haber sentido cualquiera que se acercara a Puerto Hurraco horas después de la, carnicería. Algo así como meterse en un poblado fantasma del viejo Oeste, pero sin épica, cruzado por caminos que se fundían en la noche y con una carretera cercana que parecía el tramo final de todas las carreteras del mundo. Dentro de las casas, las luces se apa­gaban enseguida y entonces el cielo oscuro empezaba a pesar y a desplomarse como la tapa de un ataúd.
En Esparragosa o en Zalamea, a pocos kilómetros, la noche se vi­vía de muy distinta manera. La gente salía a tomar el fresco al qui­cio de la puerta, se veían corros de adolescentes en las puentecillas y paseantes que se adentraban en la tiniebla de los senderos. Eran las horas para respirar un poco de aire, después de los cuarenta gra­dos de secano que habían carbonizado el día. En Puerto Hurraco no se respiraba, los habitantes parecían contener el aliento hasta que pasara algo que se sentía próximo y fatal. Esa noche calurosa de en­cierro daba la verdadera temperatura del ánimo de la gente.
El día 30 de agosto las hermanas Izquierdo, Ángela y Luciana, salieron de un escondrijo de Madrid y tomaron el expreso de Bada­joz. A partir de ese momento iniciaron su escabroso periplo entre las pretensiones del fiscal, que las acusó de conspirar junto a sus her­manos -aunque la Audiencia de Badajoz revocó en febrero de 1992 el auto de procesamiento-, y su inexorable destino psiquiátrico en Mérida. Pero durante los cuatro días en que estuvieron desapareci­das, Ángela y Luciana se presentaban como la clave que podía des­cifrar los enigmas. Y también disolver el sentimiento de amenaza in­mediata que todavía pesaba sobre las gentes de Puerto Hurraco. Su desaparición había prolongado la inquietud, porque, sin lugar a du­das, tanto para los de Puerto Hurraco como para quienes estaban al tanto en Monterrubio de la Serena, había una diferencia sustancial entre el dedo que había apretado el gatillo y el cerebro que había en­viado la orden.
La casa de Monterrubio era una casa de pueblo de dos plantas pe­queñas embutida en una hilera y tan cerrada a cal y canto como, según decían, lo había estado en los últimos años, cuando los hermanos y hermanas Izquierdo vivían en ella. El diagnóstico del vecindario era tan concluyente como lo fue después el de la Audiencia. Eran dos mu­jeres mayores, de 49 y 63 años, prematuramente envejecidas, cuya existencia estaba organizada alrededor de los líos vecinales, que salían dando gritos de su casa y recorrían las calles insultando a sus parien­tes de Puerto Hurraco y a cualquiera de Monterrubio que se cruzara con ellas, que peregrinaban regularmente al cuartelillo y que, simple­mente, «no podían estar bien». En contraste, Emilio y Antonio rara vez protagonizaban un altercado. Parecían bastante pacíficos o quizá sólo tranquilos y, según la opinión del coro popular de Monterrubio, absolutamente dominados por sus hermanas.
Ninguno de los cuatro se había casado. La única pista sentimen­tal relacionaba a Luciana con Amadeo Cabanillas, en el famoso episodio que concluyó con fractura de huesos para la mujer y que inau­guró la última fase criminal entre las familias antagonistas. Luciana negó en días posteriores que hubiera existido semejante posibilidad, como no podía ser de otra manera. Los cuatro hermanos, por lo de­más, apenas salían de la casa de Monterrubio, donde las persianas estaban permanentemente bajadas y los pestillos echados. Allí fue­ron re cociendo su animadversión y sus malos sentimientos durante seis años.
Con todo ello viene el dilema. La matanza de Puerto Hurraco pue­de ser contemplada a la luz de una historia secular de rencillas y con­flictos que culminó de esa manera como podía haber culminado de cualquier otra parecida, o bien esa tragedia hay que observarla a tra­vés de esta última escena, mucho más reducida, mucho más actual, mucho mejor iluminada. Si fuera así, lo que se ofrece a la vista es el cuadro de cuatro hermanos encerrados en sí mismos, con antece­dentes psiquiátricos y con manifestaciones de desequilibrio patentes, aislados en un pueblo de Badajoz que ni siquiera es el suyo, armados hasta los dientes y profiriendo amenazas constantes, ante la pasivi­dad de instituciones y vecinos. Después se conocería el dominio pa­tológico que los mayores ejercían sobre los pequeños y también sal­drían a la luz abultados rumores sobre la vida de los Izquierdo. Pero no había ninguna necesidad de ello, porque un simple vistazo a los historiales clínicos, al entorno familiar en el que habían crecido y aprendido, a su vida cotidiana y a sus hechos cotidianos, habría bas­tado para anticipar un pronóstico de lo que podría ocurrir y de lo que fatalmente ocurrió.
Los desheredados
La historia de la España negra y profunda siempre ha servido ha­cia dentro y desde fuera. Desde fuera, el que más y el que menos ya sabe cómo ha funcionado. Pero, paradójicamente, también ha sido eficaz a la inversa, tapando la desidia de la sociedad civil y de las instituciones públicas, y arrojando al pozo sin fondo de la concien­cia de un pueblo que se ha movido entre la supervivencia y el olvi­do todos los desastres que nadie era capaz de asumir.
Desde un punto de vista literario y dramático conmueve descubrir que un pueblo de doscientos habitantes guarde en su memoria cen­tenaria un arsenal de disputas que van desde lo ridículo hasta lo ca­tastrófico, con nombres y apellidos, con detalles minúsculos trasmi­tidos de padres a hijos como las palabras de una liturgia, y que la tragedia corone finalmente esta memoria. Pero desde el punto de vis­ta de los hechos, lo único que se acerca a los motivos verdaderos —más allá de las leyendas que nos dejan tan enaltecidos como vulne­rables— es la constatación de que cuatro personas enfermas, indivi­dual y socialmente enfermas, armadas, aisladas y sin escapatoria an­te el mundo, explotaron un mal día en un clima colectivo de asombro que sustituyó automáticamente a una colectiva indiferencia.
Como en las malas películas, todo trató de resolverse judicial­mente. Los juicios tienen la virtud de aplicar condenas y de trasfe­rir las ideas de bien y mal a la potestad de un tribunal o de un ju­rado que, en realidad, sólo se ocupa de crímenes y castigos. El juicio de los hermanos Izquierdo causó la misma expectación que la trage­dia y dejó las cosas en el lugar donde se quedan las cosas intocables.
El 17 de enero de 1994, Antonio y Emilio Izquierdo se sentaron en el banquillo de los acusados, cuando ya se había decidido la re­clusión de sus hermanas en el hospital psiquiátrico de Mérida con un diagnóstico de «delirios paranoides». José Gómez Romero, el psi­quiatra que las tenía a su cargo, declaraba en esas fechas, tres años y medio después de su ingreso, que «Luciana y Ángela han mejora­do algo, poco a poco, pasean con otras internas y, sobre todo, Ánge­la ha desarrollado un poco de su personalidad, condicionada por la de su hermana hasta el punto de que, al principio, las cogías por separado y te hablaba utilizando las mismas expresiones que Lucia­na» (EL PAÍS, 23 de enero de 1994). En el juicio, los peritos psiquiá­tricos llegaron a la conclusión de que Emilio y Antonio Izquierdo su­frían «alteración de la personalidad de carácter paranoide». Cosa que, al parecer, «no alteraba el plano de la conciencia», si bien «so­bre esta personalidad, que constituye terreno abonado, hay una vi­vencia (la muerte de la madre) que es vivida de forma muy trau­mática por estas personas y se convierte en una idea sobrevalorada (la venganza) que invade el campo psíquico del sujeto. En este sen­tido estimamos que su capacidad volitiva podría estar disminuida» (EL PAÍS, 18 de enero de 1994). Dado que la psiquiatría se mueve por el mundo como si fuera una ciencia, hay cosas que los legos no pue­den entender. Por ejemplo, el que la conciencia no se altere cuando hay una idea sobrevalorada que invade el campo psíquico del suje­to, disminuyendo además su capacidad volitiva. Misterios del ser.
Los magistrados, en los fundamentos de derecho, afirmaron además que Emilio y Antonio no eran enfermos mentales, exponiendo el he­cho de que ambos «eran capaces de manejar un rebaño de ovejas de unas 1.000 cabezas» y que tenían fincas arrendadas, «consiguiendo, a pesar de la crisis por la que atraviesa el campo, poseer una carti­lla de ahorros con unos diez millones» (EL PAÍS, 26 de enero de 1994). Es decir, habría una relación inequívoca entre la salud mental y la gestión económica y agropecuaria. Estaríamos aquí ante una especie de protestantismo psicológico —visto a través de la doctrina de la predestinación mental.
Así pues, los delirios paranoides de los hermanos y de las herma­nas Izquierdo tuvieron distinto final como consecuencia de la dife­rente relación con el gatillo. La justicia actuó sobre los hechos y se limitó a sancionarlos, salomónicamente, con sus dos espadas con­temporáneas: el psiquiátrico y la cárcel. El 25 de enero de 1994, An­tonio y Emilio Izquierdo fueron condenados a 688 años de cárcel perfectamente divididos entre ambos como autores criminalmente responsables de nueve asesinatos consumados y seis frustrados. Los ponentes afirmaron que los dos hermanos prepararon por «vengan­za» un «plan de exterminio del mayor número de habitantes posible de Puerto Hurraco».
Aunque la Justicia dictó sentencia, y con ella la sentencia del ol­vido o del comienzo del olvido, lo cierto es que, más que disipar la temida imagen de España, la reveló en fotografías nuevas. La mitad locos o idiotas, la mitad asesinos carniceros. Y, sin embargo, habían pasado muchas otras cosas sobre las que no se podía dictar senten­cia como la abrumada existencia de esas cuatro personas encerradas en una casa de Monterrubio de la Serena hablando con sus fantas­mas en un idioma delirante, o la supervivencia en un entorno capaz de trasmitir de generación en generación la forma en que unas ove­jas se saltaron unas lindes de tierra amontonada para provocar una refriega. El mundo es complicado y la ley lo simplifica en términos de habitabilidad convencional, cuando la ley se cumple. Pero, con toda certeza, la masacre de Puerto Hurraco debió servir para llevar a la superficie una imagen de la España actual más allá de los tópi­cos y de las ideas conformadas a las que invita la desidia intelectual de la que somos ancestrales herederos. Muchas regiones rurales es­pañolas están todavía iniciando el siglo XX y esta situación no se re­fiere solamente a medios materiales de vida o a capacidad de pro­mover recursos, sino también al lugar que ocupan en el proyecto de este país. El abandono a su locura de los cuatro hermanos Izquier­do podría ser también el abandono a que se ha sometido a una vas­ta extensión de la vida española que no encuentra su sitio en ningún proyecto y que no se ve reflejada en ningún futuro. La España ne­gra no está hecha de ningún material particular. Si está hecha de al­go es de los ojos que no quieren mirarla.
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2016.06.18 11:20 EDUARDOMOLINA José Antonio Pérez Tapias. La paradoja de una mayoría no mayoritaria.

http://ctxt.es/es/20160608/Firmas/6554/campa%C3%B1a-electoral-pactos.htm
"Las paradojas tienen su encanto. Tensionando el lenguaje, son retos para nuestro intelecto. Por eso mismo hay que manejarlas con cuidado. Quien formula una propuesta sirviéndose de una paradoja puede que no salga airoso del reto que él mismo se haya planteado. En tal caso, por el contrario, puede ocurrir que el atrevimiento retórico provoque un mayor hundimiento en las contradicciones de las que se quería salir con una propuesta paradójica que pretendía ser como una cuña de la misma madera. Me temo que una situación así es la que puede tener que afrontar la dirección del PSOE y, concretamente, su portavoz a estos efectos, el reputado economista Jordi Sevilla, cuando lanza el mensaje de que “para evitar terceras elecciones, si no hay mayorías, debería dejarse gobernar al candidato que consiga mayor apoyo parlamentario”. Salta a la vista que está planteando de manera explícita la hipótesis consistente en que, de hecho, se reconozca políticamente, con la correspondiente traducción en comportamiento parlamentario, una mayoría que no se tiene. ¿Qué decir, pues, ante esta aparente solución para salir de todo posible bloqueo en un nuevo proceso de investidura de un candidato para la presidencia del Gobierno de España?
Hay que conceder, por una parte, que una fórmula como la propuesta se hace valer recordando al Partido Popular la obviedad, respecto a la cual son tan interesadamente olvidadizos, de que en España tenemos un sistema parlamentario. Por ello, la ciudadanía elige a sus representantes en las cámaras legislativas, siendo éstos los que después, en el Congreso de los Diputados, han de conformar la mayoría necesaria para investir a un candidato como presidente del Ejecutivo. No hay, por tanto, elección directa de un presidente que de suyo es un primer ministro. De nada sirve invocar sin más el hecho de la lista más votada para reivindicar que automáticamente sea presidente quien la haya encabezado, tratando así de legitimar apelando al voto de los electores algo que tales votantes de suyo no han elegido. Los electores sólo dan su voto para quienes han de representarlos en la sede del poder legislativo, entrando en sus funciones el apoyo a una candidatura presidencial en base a una mayoría parlamentaria que, si de entrada ningún partido cuenta con ella en términos de mayoría absoluta, ha de conformarse mediante pactos hasta lograr la mayoría suficiente legalmente exigida. No obstante, a pesar de ser así las cosas en la democracia que en nuestro Estado tenemos, la derecha, esa que tanto invoca la Constitución cuando le interesa, seguirá dando la lata con el tan recurrente mensaje engañoso de que se traiciona la voluntad de la ciudadanía si no se inviste presidente al candidato del partido con más votos. Es una intencionada falsedad a la que podemos atribuir voluntad de engaño.
Dicho lo anterior, es obligado señalar, por otra parte, los problemas que encierra la propuesta de desbloqueo parlamentario comunicada por Jordi Sevilla, la cual recoge formulaciones de Pedro Sánchez en otros momentos, así como se hace eco de la reiterada indicación hecha desde mucho tiempo atrás por Felipe González acerca de que se deje gobernar, mediante abstención por parte de PP o PSOE, a quien tenga cierta mayoría, sea PSOE o PP, aunque no llegue a la mayoría que debiera haber de no contar con abstenciones. Hay que señalar primeramente que una fórmula así de ninguna manera puede sostenerse en el vacío, sino que implica algún tipo de acuerdo, presentado incluso como de cortesía parlamentaria, para que los implicados en una situación como la que se quiere abordar acepten la solución. Es decir, es insoslayable reconocer que para que esa vía de desbloqueo funcione tiene que haber alguna suerte de acuerdo entre PP y PSOE. ¿Supondría tal acuerdo una forma “elegante” de dejar paso al PP hacia el gobierno, en el caso de que fuera el partido que aglutinara más apoyos seguros? Y, de otro lado, ¿entrañaría tal acuerdo una confirmada anuencia del PP en el caso de que fuera el PSOE el que pudiera ostentar más apoyos confirmados? Una respuesta positiva a ambos interrogantes conlleva alguna forma de acuerdo del PSOE con el PP, y tal cosa no debe eludirse ante la opinión pública.
Una segunda cuestión ineludible es la relativa a la mayoría que pueda o quiera conseguirse, lo cual para el PSOE es cuestión crucial. Desde el campo socialista, el asunto no puede limitarse a pedir a la derecha, e indirectamente también a la izquierda o a nacionalistas que no entren en la mayoría que se conforme, que den vía libre a una supuesta mayoría de diputados, confiando en la abstención de quienes no la integren para cumplir los exigentes requisitos para mayoría suficiente. El quid de la cuestión radica en dónde se pone el límite de la mayoría que se quiere hacer valer y, por supuesto, con quién se suma para lograrla. En otros términos, ¿vale recabar apoyo para una mayoría no mayoritaria cuando se ha desechado intentar un pacto más amplio o de otra índole que permitiera una mayoría suficiente, es decir -–con perdón por la redundancia--, una “mayoría (en verdad) mayoritaria”?
Pienso, como muchos ciudadanos y ciudadanas, que el PSOE debe aclarar al máximo la índole y el alcance de su propuesta, no sea que bajo una alambicada fórmula de sabor parlamentario se suministre el amargo trago de un pacto por la derecha, con Ciudadanos, por ejemplo, en vez de un pacto por la izquierda, quizá desechado ya cuando la misma fórmula se hace pública cual bálsamo de Fierabrás para evitar las tremendas calenturas que puede originar un nuevo retraso en formar gobierno o la hipótesis que nadie quiere contemplar de una tercera convocatoria electoral. Hace falta una fórmula magistral, ciertamente, pero somos muchos los que esgrimimos razones para que en su composición no se excluya un pacto por la izquierda que, aun con sus paradojas, puede ser la vía para no quedar hundidos en contradicciones insalvables.
  1. Desde los “cristianos viejos” a los españoles buenos
Ya lo dejó escrito Cervantes en las primeras líneas de su magna obra, El Quijote: “duelos y quebrantos los sábados”. Es decir, indicación de menú bajo la cual se recoge la autoritaria orden de que “den morcilla” o plato de huevos con tocino o chorizo, en sábado –¡repárese bien!--, para que ningún cristiano nuevo, siempre bajo sospecha de seguir siendo judaizante, escapara a la prueba que ha de pasar si quiere ver expedita la puerta para la integración social entre los cristianos viejos. Y en ésas seguimos, cuatro siglos después. Para algunos, no todos somos iguales. Piensan ellos que a los suyos, esto es, a ellos mismos les corresponde, por la naturaleza de las cosas, el poder, porque han de mandar los que tienen la pureza de sangre necesaria para ordenar los asuntos de la patria –identificados con los de su clase-- y velar por lo que ha de ser su incorruptible esencia –como incorruptible era el brazo de Santa Teresa que esgrimía el dictador de cuyo nombre no quiero acordarme, para legitimar con los restos de tan egregia doctora de la Iglesia, aunque fuera de ascendencia judía, el nacionalcatolicismo con el que legitimaba su criminal régimen--. Tal es el fondo telúrico de la derecha española, conservadora hasta las cachas, hoy entregada al neoliberalismo rampante que ha dominado la escena mundial y, por supuesto, el patio nacional, en los últimos tiempos.
¿Y a qué viene esto? Es interrogante al que cualquiera puede responder acogiéndose, según preferencias, o a la poesía de Bécquer o a la antipoesía del chileno Nicanor Parra: “¿Y tú me lo preguntas, amor mío?”. La respuesta está clara: la derecha española se mantiene en su imaginario carpetovetónico a piñón fijo. Y para prueba, un botón electoral, el que arrebatamos a Rajoy, desprendiéndolo de su chaqueta, la que lucía en el mirador de san Nicolás, en el Albayzín granadino, cuando, haciendo alarde de derroche de desparpajo antiplasma, se soltó su repeinada cabellera para decir: "Los mejores somos los españoles. Bueno, hay algunos un poco malos, pero son los menos, y los vamos a derrotar el 26 de junio, a todos". Claro, ¿verdad? Y dicho sin mayores problemas en un mitin del PP, después de la victoria de la selección española de fútbol, ganadora gracias a un gol de Piqué, independentista catalán fuera del estadio, pero cuyo gol, sirviendo lo mismo para un roto que para un descosido, es lo que más se parece al brazo incorrupto de la Santa de Ávila en manos de una derecha españolista posmoderna, a pesar de no haber sido moderna en ningún momento de su historia.
Si alguien piensa que esto es sacar demasiada punta a lo que no da para ello, que haga su inmersión en el psicoanálisis freudiano para adentrarse por los vericuetos donde circula lo reprimido en chistes, lapsus y actos fallidos. Tras la apariencia de ingeniosa broma electoralista, el candidato del Partido Popular juega con la vetusta diferenciación entre españoles de bien –“los mejores”-- y “los malos”, ésos de las izquierdas que, para el caso, tanto son los de un PSOE al borde de un ataque de nervios, como los de Podemos en la fantasiosa aventura de asaltar los cielos. El esquema de fondo no ha variado un ápice: los españoles de orden –del orden dominante-- y esos otros, los “jaraneros y alborotadores”, como dejó escrito Roberto Mesa en texto que no debiera ser olvidado. Apelación, pues, al imaginario colectivo, en este caso de la derecha más rancia, la cual es la que se permite dividir a los partidos políticos del momento presente en “constitucionalistas” y “no constitucionalistas”, habida cuenta de que es esa misma derecha con sus intereses sistémicos la que da o quita credenciales de lealtad a la Constitución, según la medida de dichos intereses. Está clara, pues, la jugada de un Rajoy que, con su currículum político, no debía de llegar de nuevo jamás a ser presidente del gobierno. El PSOE, por cierto, debería no dejarse enredar en ese perverso juego de clasificaciones discriminatorias entre constitucionalistas y no constitucionalistas. Sabe demasiado a etiquetas excluyentes como “españoles de bien”, “gente de orden” y “cristianos viejos”.
  1. Sobredosis de 'marketing' electoral. Miércoles 15 de junio.
    ¿Qué candidato presenta mejor imagen? ¿Qué partido vende mejor su programa? ¿Cuáles son los mejores mensajes en una campaña para captar votantes en el mercado del conjunto de los electores? ¿Cómo vencer a la competencia electoral de otros partidos en la disputa por el voto? ¿Cómo hacer que para ello funcionen bien los agentes electorales? ¿Cómo lograr una propaganda eficaz en los medios de comunicación?...
Cuestiones como las señaladas permiten constatar cómo a la terminología procedente del campo militar con la que los partidos políticos se entienden a sí mismos se sobrepone, especialmente en tiempos de campaña electoral, la terminología proveniente del campo económico, concretamente de las técnicas de venta que suelen reunirse bajo el rótulo de marketing, eludiendo, por lo demás, palabras de la órbita del castellano, como “mercadotecnia”. Lo de marketing parece que queda mejor y, además de permitir un rápido trasplante del campo económico al ámbito político, no deja de recoger ese neocolonialismo cultural del mundo anglo al que estamos sometidos, siendo, sin duda, uno de los actuales “signos de los tiempos”, como diría alguno.
Nada hay que objetar, sino todo lo contrario, a que en el campo económico y, más concretamente, en el mundo empresarial, se preste mucha atención a lo que señalan las teorías de marketing –seguiremos adelante con el término en cuestión, ya consolidado entre nosotros--, con el objetivo de explicar y, mediando explicaciones contrastadas con la realidad, potenciar las ventas de los muy diferentes productos con los que las empresas concurren al mercado pretendiendo ganar clientes, vender y obtener el máximo de beneficio. Sabemos además que tales teorías no cuentan solamente con ingredientes puramente económicos, sino que tienen en cuenta factores psicológicos decisivos respecto al comportamiento de los consumidores, así como otras muchas informaciones relevantes, desde las relativas a pautas culturalmente asentadas hasta las atinentes a datos demográficos relevantes sobre la población a la que se dirigen las campañas de venta. Un buen diseño de éstas es crucial para la competitividad, sin la cual se acaba sucumbiendo en esa guerra económica despiadada que supone la competencia en medio de todos los rigores del mercado.
Los diferentes ámbitos de nuestra realidad sociocultural no se hallan, por fortuna, separados por fronteras impermeables que hagan de ellos compartimentos absolutamente estancos. Mas siendo así, también es cierto que en nuestras sociedades, herederas de la modernidad, se han ido constituyendo distintas esferas, cada una con valores determinantes de sus propias dinámicas y con una lógica de funcionamiento en cada caso propia. Maquiavelo, por ejemplo, tuvo el indiscutible mérito de poner de relieve las peculiaridades de la esfera política, con la autonomía que le es propia –incluso estando económicamente condicionada, como señaló Marx--. Resulta ser, por tanto, un elemento distorsionante de la realidad el trasplantar sin más criterios y pautas propios de un ámbito a otro distinto. Si tal operación se consuma se confirma cómo desde un ámbito queda colonizado otro en el marco del mundo que comparten. Es decir, si la política se rige por pautas y criterios extraídos del campo de la economía, es que ésta domina a la política. Si ello se produce en tiempos de hegemonía del neoliberalismo, los hechos refuerzan el mismo sometimiento del Estado al mercado que desde dicha ideología se propugna.
Así, llega la hora de un debate electoral y los candidatos convocados al mismo están más preocupados por colocar mensajes prefabricados que por presentar el propio programa, están más atentos a cuidar la imagen con la que “venderse” que a comprometerse con sus propias propuestas, o se hallan más pendientes de los ecos mediáticos que de la palabra propiamente política. Lo volvimos a ver el otro día en el último, por único, debate electoral de los cuatro candidatos a la presidencia del Gobierno presentados por los partidos de ámbito estatal: PP, PSOE, Ciudadanos y la coalición Unidos Podemos. Visto todo, bien viene que todos recuerden que los ciudadanos no somos meros consumidores, que un votante no es un cliente, que el propio partido de cada cual no es una mera empresa, que un programa de gobierno no es un catálogo de ofertas y que el preciado bien del voto no es una mercancía. Está bien aprender de la economía, pero teniendo muy presente que la dignidad de la ciudadanía exige que la política no se vea sometida a ningún reduccionismo economicista. La política nunca puede ser –no debe ser-- mero mercadeo, en ninguna de sus variantes.
  1. No fue un duelo de titanes. Martes 14 de junio.
Terminó el tan anunciado debate a cuatro, publicitado como acto estelar en esta campaña para las elecciones del 26 de junio, y cada uno de los candidatos se retiró con los suyos para comprobar en cada caso que habían recitado bien las lecciones aprendidas. No hubo momento alguno que fuera especialmente vibrante. No se alcanzó ese clímax de intercambio de argumentos sólidos que cabe esperar de un debate de verdad, incluso electoral. El guión, por tanto, es decir, los guiones que traían los respectivos líderes, elaborados por sus correspondientes equipos, se siguieron conforme a lo previsto. Sin apenas intercambio de razones, cada cual se dirigía a los suyos, de camino tratando de sacar ventaja a su competidor inmediato –Rajoy pugnando con Rivera y Sánchez con Iglesias-- para lograr arrancar algún voto de la gran bolsa de los indecisos o de los electores situados en riesgo de abstención. Hay que temer que poco se habrá alterado por ahí el panorama que los sondeos demoscópicos nos han dado a conocer.
Ante los temas delicados, todo fue pasar de puntillas. El candidato del PP eludió pronunciarse claramente sobre la negociación con Bruselas para ganar mayor plazo de cara a reducción del déficit. El candidato socialista no quiso insistir en un problema grave: la sostenibilidad del sistema de pensiones, para asegurar la cual propone un impuesto a grandes fortunas, pero sin que eso llegara a ser cuestión en la que abundara. El líder de Ciudadanos se lanzó inicialmente defendiendo la idea del contrato único, mas sin detallar más armas en la lucha contra el paro. No tuvo fuertes críticas a tal propuesta, enmarcada como viene en contexto neoliberal. Desde Podemos, su cabeza de lista no bajó a detalles respecto a cómo concretar eso del cambio de modelo productivo.
Salieron de refilón otras cuestiones, pero de nuevo las prisas, las pinceladas gruesas. Sánchez mencionó la reducción del IVA cultural, cuestión que retomó Iglesias para decir otro tanto en cuanto a productos de primera necesidad. Rajoy mostró el lado débil de su no credibilidad cuando hace esa propuesta tan demagógicamente populista de bajar los impuestos. No están las arcas públicas para ello –ni los bruselenses hombres de negro dispuestos a consentirlo--. Una brevísima alusión mereció el tema de la educación, respecto al cual Sánchez mencionó una vez más la bienintencionada pretensión de pacto educativo. Iglesias perdió una oportunidad de abordar a fondo la difícil situación en que se halla la universidad española.
Pero, aun con todo, fueron desgranándose propuestas, puntos programáticos de unos y otros, haciendo cada cual lo que podía para mostrarse fuerte. Rajoy alardeó de capacidad de gestión, faltándole decir que la veteranía es un grado. Cierto es que su etapa de gobierno está manchada con la corrupción hasta límites desconocidos hoy por hoy, cuestión que llevó a Pedro Sánchez a decirle con razón que debía haber dimitido por ello en su mandato. Pero no se incidió mucho más por ahí. Fue Rajoy el que se enzarzó de manera ridícula con Rivera acerca de si había cobrado o no en negro alguna vez. Impresentable el Rajoy que animaba a Bárcenas, tratando ahora de escabullirse por vía tan fullera.
Salió, claro está, el tema de Cataluña: el referéndum. Rajoy se situó de inmediato en su encastillada defensa de la unidad de España, tan encastillada que es posición inoperante por inmovilista. Se le sumó Rivera, lo que era de esperar. Y Sánchez se fue directo contra Iglesias para reprochar que Podemos apoyara un referéndum en Cataluña situándose así contra la unidad de España. No tenía receptividad alguna, como viene ocurriendo, para siquiera reconocer que Podemos no alienta secesión alguna de Cataluña respecto de España. Todo queda del lado socialista en invocar la reforma constitucional con vagas referencias al federalismo y rehuyendo hablar de plurinacionalidad del Estado.
Con breves comentarios se despacharon cuestiones tan graves como la crisis de los refugiados en Europa y nada serio sobre política de seguridad y defensa. Todo se redujo a sacar a relucir el pacto antiyihadista para acusar a Podemos de no haberlo firmado. Por cierto, fue repetitivo Pedro Sánchez hasta la saciedad con el mensaje –había que colocarlo como fuera-- de que Podemos impidió que él fuera investido presidente del gobierno del cambio al votar “no” a ello junto al PP. Inútil es pretender ganar votos con eso a estas alturas. Más provechoso hubiera sido clarificar la política de pactos, al menos las preferencias, pues a la disyuntiva planteada por Iglesias de que o habría gobierno del PP o gobierno de Podemos con PSOE, o del PSOE con Podemos, según quién ganara más que el otro, Sánchez se limitó a una carcajada que no supo nada bien. Toda su declaración quedaba reducida a afirmar que con el PSOE está garantizado gobierno de cambio, mas sin explicitar nada más sobre pactos. Es la indefinición en que el PSOE se queda encerrado.
La noche siguió avanzando, pero este alicorto debate que no consiguió más mérito que reunir a los respectivos candidatos del PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos, ni por asomo tuvo nada de duelo de titanes. Eso sí, acabado el debate…, cada tribu tocó el tam-tam para danzar alrededor de su jefe porque es "el mejor”. ¡Y usted que lo vote!
  1. Lógica ciudadana frente a lógica partidista. Lunes 13 de junio.
Cualquier campaña electoral galvaniza la vida de toda sociedad democrática. El tiempo político adquiere una especial densidad en tanto los partidos, con sus candidaturas, se sitúan en ese campo de batalla que es el de la lucha por el voto de ciudadanos y ciudadanas. Así es, como ahora mismo en España, incluso cuando se viene de un largo recorrido de elecciones anteriores que hay que repetir, de precampañas convertidas en campañas permanentes y de sobredosis de electoralismo que con su exceso contamina toda la dinámica política. Las distintas fuerzas, metidas en faena, se aprestan a intensificar la lógica partidista con la que buscan reforzar sus baluartes en todos los frentes para la dura competencia electoral. Ésta, poco menos que como aquella “guerra de posiciones” con la que Gramsci teorizaba la acción política que había que llevar a cabo para consolidar logros en las instituciones, reclama una actividad tan coordinada como disciplinada por parte de los partidos políticos. Pero la cuestión es espinosa, pues esa misma necesidad se puede convertir, no en virtud, sino en vicio.
¿Dónde está el quid de la cuestión para que la necesidad de coordinación y disciplina se convierta en vicio, en vez de ser virtud? Consideremos cómo funcionan los partidos. Sus respectivos equipos de campaña se afanan por seguir la estrategia diseñada, atentos a los cambios tácticos que haya que hacer. Hay que seguir puntualmente todas las actuaciones de los adversarios para neutralizarlas, hasta el día de las elecciones, cuando, al abrir las urnas, cada cual recogerá su merecido botín en términos de votos. Para todo ello, los candidatos necesitan un buen aparato que se haga cargo de las previsiones de la campaña, desde los mítines, la presencia en la calle, los debates con los rivales y la siempre delicada relación con los medios. Y ahora, el continuo trabajo de las redes sociales, esa nueva ágora social convertida en concurrido espacio político. La logística para tareas tan diversificadas y complejas requiere no sólo inteligencia dedicada a planificar, sino militancia dispuesta al quehacer de apoyo a candidatos y candidatas, teniendo todos al frente a quien en cada caso sea cabeza de lista y, en los grandes partidos, al candidato a la presidencia del gobierno. La militancia, cual ejército de afiliados convertido en tropa de infantería, asume las consignas de los estrategas y hace suyo el argumentario en que el programa se resume. Indispensable. La batalla electoral no permite descuidos; cualquier retroceso puede acarrear una derrota fatal. Todos a una, por tanto, como si cada partido fuera poco menos que una gran partida de partisanos –esos que acapararon la atención de Carl Schmitt a la vez que sentaba cátedra al definir la esencia de la política según la lógica amigo/enemigo--. Es así como la lógica partidista se impone con férrea determinación, mas con pie tan forzado que la hace muy vulnerable en medio de la sociedad actual, con la cultura política que se va abriendo camino.
El talón de Aquiles de la lógica partidista, impregnada de una concepción cuasi-militar de las organizaciones políticas –en el mismo lenguaje se refleja--, es que queda muy lejos de la lógica ciudadana con la que funciona una sociedad adulta, bien informada e institucionalmente organizada. Así, la lógica ciudadana es sensible a la pluralidad, cosa que a la lógica partidista se le suele atragantar; o la lógica ciudadana está abierta al debate y a la crítica, actividades que a la partidista, que tanto gusta cerrar filas, le resultan peligrosas para su pretendida cohesión, por lo que acaba primando actitudes dogmáticas. “Con razón o sin ella, yo con los míos”, suele decir quien está empapado de lógica partidista. “Yo, buscando la verdad con razones que podamos suscribir más allá de fronteras partidarias”, piensa quien ha asumido la lógica ciudadana. Mientras esas dos lógicas vayan por vías divergentes, la ciudadanía se verá distante de los partidos políticos. Y éstos, con sus consignas y argumentarios a cuenta de un interés de parte muy lejano de criterios universalistas, quedan atrapados en una lógica, con frecuencia ilógica, que los ciudadanos no comparten y que muchas veces queda tan lejos de la verdad de los hechos que hasta alimenta el ridículo. Téngase esto presente a la hora de participar en debates electorales, especialmente ante ese público de millones de ciudadanos que concita un debate televisivo.
  1. La derecha sabe, pero no contesta. Domingo 12 de junio.
Hay que erradicar la corrupción política. ¿Pero qué dice el Partido Popular al respecto? En verdad, nada. Vacuas generalidades sobre el traído y llevado regeneracionismo y, a lo sumo, la declaración de algún lumbrera diciendo que eso de la corrupción depende de la (pecaminosa) naturaleza humana. Así, ante preguntas sobre hechos que tocan cuestión tan importante para la sociedad española y la honorabilidad de sus instituciones, el PP guarda silencio. Es decir, se calla todo lo que sabe, empezando por todo lo que sabe acerca de sí mismo. ¿O es que Luis Bárcenas, que era senador del Reino, además de tesorero del PP, no era conocido por nadie y sus actos quedaban en el más profundo secreto? Y de todo eso que queda bajo los rótulos de “Operación Gürtel” u “Operación Púnica”, ¿no hay nada que decir en serio, asumiendo responsabilidades políticas, que de las otras ya se ocupan los tribunales? No vale, como algunos pretenden, recurrir a fórmula tan usual en demoscopia como “no sabe, no contesta”. Sí saben y, siendo así, no contestan. Es más, saben que todos los demás sabemos y, a pesar de ello, no contestan. Si dicen algo es para evitar respuestas fehacientes ante preguntas tales como las que versan sobre la fianza de más de un millón de euros que el PP tiene que abonar por su presunta implicación en los pagos en negro de su economía sumergida. De escándalo.
El caso es que en medio de esta campaña electoral se ha colado una noticia que obliga al PP, y en especial a su candidato a la presidencia del gobierno, a pronunciarse. Hablamos del informe de la OCDE reconociendo que los ajustes aplicados en Europa, como “política de austeridad”, son negativos: frenan la economía hasta tal punto que impiden el necesario crecimiento para salir de la crisis. Justo lo que se viene diciendo desde hace años desde ese lado, considerado antisistema, en el que nos hemos situado los que hemos sido y somos contrarios a los abusos de la troika, al “gobierno de los banqueros” –Habermas dixit--, a la tiranía de los mercados, a la impotencia de la política y, por encima de todo, al castigo hecho caer sobre las espaldas de trabajadores –incluyendo parados--, pensionistas, mujeres, jóvenes…, todos los que han sufrido los recortes de unas políticas democidas. Sin embargo, aun llegando ese mensaje desde la OCDE, el PP no dice nada, es más, se ratifica en las políticas aplicadas, tan destructivas del Estado de bienestar como perjudiciales para la economía, como si todo lo ocurrido no tuviera nada que ver con el gobierno presidido por Rajoy. De nuevo, saben, y saben que sabemos sobre la culpa de tanto sufrimiento inútil, pero no contestan.
Con todo, no debe escapar al más somero análisis que la OCDE, organización del orden capitalista, al recoger en su informe la evidencia de que la llamada austeridad es contraria a la recuperación económica, no deja de alimentar la propia contradicción consistente en declarar a la vez que los recortes practicados fueron necesarios y, por ende, beneficiosos. Ya el FMI nos agasajó en diversos momentos con mensajes contradictorios de ese tipo, para así salvar la cara de los gobiernos neoliberales. Ahora, además, se hace planteando a la vez que no se apriete a un gobierno como el español con sanciones por incumplimiento de normativa antidéficit. Un regalo compensatorio para el PP en campaña. Una vez desenvuelto, lo que queda es que los demás partidos en liza, y la ciudadanía, desarmen el truco del regalo, desvelen la contradicción de la misma OCDE y exijan al PP que conteste.
  1. Socialdemocracia en discusión. Sábado 11 de junio.
Al levantarse por las mañanas, más de un candidato se planta, con la mejor cara que pueda, y pregunta: “Espejito, espejito, ¿hay alguien más socialdemócrata que yo?”. Y el espejo cobra vida de repente para partirse de risa.
La ficción no aguanta en serio una disputa como la que se está planteando en torno a la socialdemocracia. Esa señora lleva en crisis desde 1914, cuando el SPD votó, contra todo lo que había sostenido, los presupuestos para que Alemania entrara en la I Guerra Mundial. Rosa Luxemburg escribió La crisis de la socialdemocracia señalando contradicciones que hasta el día de hoy no se han superado. No obstante, pasada la guerra, no ya la Gran Guerra, sino II Guerra Mundial, la socialdemocracia conoció su esplendor. Fueron años en los que en el centro y norte de Europa hubo clima propicio para, mediante un gran pacto social y un pacto político entre la derecha civilizada (democristiana) y partidos socialdemócratas, construir el Estado de bienestar impulsando políticas acordes con derechos sociales. Las posibilidades de pleno empleo –gracias a una economía mixta y a políticas seriamente redistributivas, así como gracias a una energía barata-- permitieron que cuajara lo que era un pacto entre democracia y capitalismo para frenar presiones revolucionarias que pudieran venir de la órbita comunista.
Ese pasado dejó valiosísima herencia en términos de Estado social. Las cosas empezaron a cambiar con la crisis del petróleo de los setenta, encareciendo costes de producción, y después con la “caída del muro de Berlín” acabando con los regímenes comunistas y dejando el campo abierto para la expansión mundial del mercado capitalista. La revolución informacional suministró la base tecnológica para la globalización. Las coordenadas de la socialdemocracia “clásica” se disiparon, pues su marco era el Estado nacional. Y el neoliberalismo ganó la partida hasta el día de hoy. La socialdemocracia claudicó al aceptar las premisas económicas neoliberales –Tercera Vía--, con la buena intención de mantener políticas sociales. Pero esa cuenta no sale, y ahí está atascada la socialdemocracia europea en una crisis que no remonta.
El PSOE llegó tarde, por las circunstancias de España, a la construcción del Estado de bienestar. Hizo lo que pudo, que no fue poco, mas desde confusa amalgama de planteamientos socialdemócratas y políticas económicas neoliberales. Su debilidad ideológica jugó a favor de una élite escorada hacia posiciones socioliberales. Después, al hilo de la crisis, los ropajes socialdemócratas se sacaron del baúl. Iba de suyo que correspondían a la talla del PSOE. Y en ésas se estaba hasta que aparece Podemos, atemperando su anterior discurso rupturista con propuestas de corte socialdemócrata. Después de todo, sería una buena noticia para la familia, sólo que no es recibida así en plena batalla electoral. Desde el PSOE se percibe como llegada de intrusos para quedarse con la herencia del Abuelo; desde Podemos se pugna para presentar su programa como nueva versión de una socialdemocracia puesta al día. ¡Pues tengan cuidado por ambas partes! Nadie puede ostentar el monopolio de la socialdemocracia como planteamiento ideológico, pero todos deben saber que es una herencia, más allá de las disputas, que necesita radical renovación. Hay que pensar, más allá de coyunturas electorales, cómo reconstruir proyecto socialista en este complejo siglo XXI.
  1. El ‘zas’ del CIS. Viernes 10 de junio.
En el día esperado, en la fecha oportuna, llegó el emisario del CIS y… ¡zas!, con golpe algo violento sobre la mesa, acaparando la atención de quienes impacientes le esperaban, dejó sobre ella los datos de su último estudio. Todos se arrojaron sobre ellos, ansiosos por ver los que afectaban a cada cual, pues si bien cada partido político contaba con información acerca de sus expectativas de voto, ahora se trataba del informe del Centro de Investigaciones Sociológicas, ese organismo “autónomo” que en España depende del Ministerio de la Presidencia. No había quien se privara de criticar los aliños de cocina demoscópica con que los datos de esos informes son tratados, pero en el fondo todos conceden consideración a un análisis con rigor científico sobre muestras suficientemente cuantiosas y variadas. El sesgo gubernamental que haya cada cual se lo descuenta según su criterio. Y ya estaban en ello cuando el susodicho emisario, antes de despedirse, obligó a los congregados a posar su vista en algunos datos que, sin excusas, debían tener en cuenta: la situación económica aparecía valorada como mala o muy mala por un 74,4% de los encuestados y llegaba hasta el 80,7 el porcentaje de quienes valoraban mal o muy mal la situación política.
Se trataba de apabullantes datos para reflexionar, debatir y actuar. Así, cuando cada uno de los allí concitados esperaba que el “zas” del informe del CIS rebotara sobre la cara de alguno de sus adversarios, lo cierto es que el metafórico golpe cuya onda se expandía imparable hizo mella en todos los congregados. Era una advertencia. Sería políticamente mortal para todos ellos pasar por alto el contexto, socialmente duro y económicamente hostil, en cuyo marco los partidos concurrentes a las elecciones debían hilvanar cada uno su texto. Y ello sin edulcorar el fracaso del que se venía y sin juguetear frívolamente con una voluntad ciudadana que ya se manifestó cuando votó en las anteriores elecciones y a la que ahora había que pedirle con sumo respeto que lo hiciera de nuevo. Y no porque los electores se hubieran equivocado, sino porque los elegidos malgastaron en errancia culpable el voto que los llevó al escaño.
Marchó el emisario del CIS no sin detectar, cual mensajero del zar, malévolas miradas de algunos que hasta quisieran matarle –-metafóricamente, por supuesto--, sobre todo las de quienes no podían arrimar los datos de la encuesta a la sardina de sus intereses electorales. En el sondeo, el PP queda como ganador de las elecciones –escandaloso borrón y cuenta nueva sobre su corrupción sistémica--, aunque oscilando entre perder uno o hasta cinco escaños. Ciudadanos, pagando un evidente escoramiento a la derecha que hace que votantes suyos se deslicen más a la derecha, aparece con uno o dos diputados menos. El PSOE, perdido en un mar de indefiniciones sin encontrar el rumbo a pesar de las buenas medidas puntuales registradas en su cuaderno de bitácora, aparece dejando atrás en el Congreso en torno a diez o hasta doce escaños. ¡Ruina! Veremos en qué queda el pronosticado sorpasso por parte de Unidos Podemos, en cuyas filas brindan con proclamas de hegemonía y etiquetas recién impresas de “cuarta socialdemocracia” –la nueva-- ante datos que sí favorecen claramente a la formación morada. Atención: la lucha va a ser agónica, con las miras puestas en quienes desde el graderío contemplan la batalla. Hay en torno a un 34 por ciento de abstencionistas que tienen en sus manos el posible voto más preciado. Y quedan campaña electoral y urnas.
  1. Campaña para una política de verdad. Jueves 9 de junio.
Meses de campaña electoral permanente nos preceden. No obstante, no faltan los rituales, aunque sean en modo un tanto residual, que marcan la inflexión para entrar de nuevo oficialmente en campaña. El calendario emplaza. Y así se activará al máximo la rueda del acelerado girar de actos, discursos, presencia en medios, dejarse ver en las calles por parte de candidatos y candidatas… Sólo cabe esperar que ese girar no se quede en mera repetición de lo mismo, a modo de remedo de la más baja estofa del eterno retorno a pequeña escala. Mal nos irá a la ciudadanía española si en las semanas que median hasta el próximo 26 de junio todo se reduce a confirmar el dicho de que segundas partes nunca fueron buenas.
Estamos ante una nueva convocatoria electoral, tras una más que efímera legislatura, liquidada por agotamiento de los plazos sin que se pudiera formar gobierno. Todos hablaron de fracaso, y toca ahora convertir lo que significa ese diagnóstico en una nueva posibilidad. Por ello, si los protagonistas más destacados de este proceso reiniciado no marcan distancias respecto a lo que supuso el que condujo a las anteriores elecciones generales, será difícil culminarlo con éxito. Elementos nuevos los hay, y algunos de singular relevancia. La coalición de Podemos e IU bajo la denominación de Unidos Podemos marca novedosamente la situación. En gran parte va a condicionar el debate político. Ya lo está haciendo. Será un error, sin embargo, dejar que la campaña electoral se plantee en los términos de con Podemos o contra Podemos. Tal polarización, extraña a la pluralidad generada desde las circunstancias políticas de España en los últimos tiempos, no beneficiaría ni a la misma formación morada. El pluralismo como valor democrático requiere un tratamiento más fino, como espera la inteligencia del electorado.
Estemos, pues, atentos, como los más interesados espectadores, una vez alzado el telón de un drama electoral en el que ciudadanas y ciudadanos no vamos a dejar de ser participantes. No debemos. Y no sólo por el hecho de ir a votar cuando se abran las urnas. Participar es seguir los debates electorales, reclamarlos, interpelar a los candidatos, exigir claridad a los partidos y, en el caso en que se milite en ellos, entrar de lleno en un juego democrático siendo capaces de mantener la exigencia y autoexigencia de que sea limpio. Y que cada cual responda, desde cómo va a quitarse de encima el PP la corrupción en que ha nadado, hasta cómo va a despejar el PSOE las indefiniciones que le aquejan, por ejemplo, en cuanto a política de alianzas. O desde cómo afrontará Podemos la gestión de sus propuestas programáticas, hasta cómo irá Ciudadanos más allá de medidas de regeneración democrática.
Las crisis serán las que no faltarán, aportando sus recurrentes elementos corales: la lucha contra el paro, la recuperación económica, la restitución de los derechos robados, la reconstrucción del dañado proyecto europeo, la reconfiguración constitucional del Estado… Son las cuestiones cruciales que, como decía el Ortega y Gasset en las páginas iniciales de aquella iniciativa suya que puso bajo El Espectador como rótulo, son las propias de una “vida española que nos obliga a la acción política”. Sabemos aquí y ahora que debe ser política de verdad, verdadera política con la verdad por delante. Queremos elecciones sin publicidad engañosa."
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2015.12.31 19:51 Confidencial LA FALSA NAVIDAD, EL ENGAÑO QUE NOS OFRECE LA MAFIA

¿CUANDO NACIÓ EL MESÍAS?
“No existen evidencias sobre la fecha exacta del nacimiento del Mesías”. Dice el Diccionario Bíblico Conciso Holman. Aun así, por todo el mundo millones de personas que se denominan personas que se denominan cristianas lo festejan el 25 de diciembre. Puesto que esa fecha no aparece en la Biblia, conviene preguntarse”. “¿De verdad nació Jesús en diciembre?”
Aunque la Biblia no especifica la fecha de nacimiento de Jesús, si contiene pruebas de que no tuvo lugar en diciembre. Además, las fuentes profanas esclarecen las razones por las que se fijo su celebración en este día en particular. ¿Por qué no en diciembre?:
CRONOLOGÍA BIBLICA DEL NACIMIENTO DE JESÚS
  1. Partimos De la base de que Juan el Bautista era seis meses mayor que Jesús. Así lo demuestra el relato de la anunciación por el Ángel Gabriel a Zacarías, palabra de Juan y posteriormente a María, madre de Jesús, seis meses después, relato que podemos ver en Lucas 1:5-8.
  2. ¿Cómo podemos encajar estos sucesos en la corriente del tiempo? D. El versículo 8 nos dice que Zacarías servía como sacerdote en la “asignación de su división” delante de Dios. E. El versículo 5 nos aclara de que él era de la división de Abías.
  3. En el Israel de la antigüedad los que servían como sacerdotes eran 24, (sin contar el sumosacerdote que una vez al año, en el día de la expiación entraba en el Santísimo). A fin de que pudieran servir ordenadamente, David asignó a estos 24 por nombre y turnos; a saber, a dos por mes (1 Crónicas 24:7-18).
  4. A. En Lucas 1:5 se dice que Zacarías servía en la división de ABIAS. F. B. Esta según (1 Crónicas 27:10), le correspondía la octava división: es decir que Zacarías la 2ª quincena del año.
  5. El año judío comenzaba en el mes de NISÁN (o ABIB) que en nuestro calendario corresponde al mes de ABRIL (hay que puntualizar que eran meses lunares y que podían variar unas 2 semanas, por lo que en nuestro calendario cuadra entre finales de mayo y primeros de abril). En ese mes (14 de Nisán) salieron de la esclavitud de Egipto y en memoria de ello han estado celebrando la pascua hasta el día de hoy (siempre según las variaciones de su calendario lunar), (los meses duraban 30 días).
  6. Por lo tanto el turno de ABIAS, comenzando desde ABRIL, nos levaría a la 2ª quincena del 4º mes de julio, que en nuestro calendario se corresponde a la 2ª quincena del mes de julio
  7. Según Lucas acabaría su servicio en agosto (calendario nuestro) y Elizabet quedó embarazada (no se especifica día). Contamos nueve meses de embarazo, llegamos a abril como fecha de nacimiento de Juan el Bautista (ambos meses agosto y abril inclusive como parte de los nueve meses de embarazo). Si como indica Lucas, seis meses después nació Jesús, contando desde MAYO inclusive llegamos a octubre como fecha del nacimiento de Jesús (tomando en cuenta las variaciones mencionadas, no se puede precisar la con exactitud el día).
  8. También se puede calcular según el relato de Lucas, de la siguiente manera: El ángel Gabriel anunció a María concepción milagrosa, ella aceptó; a su vez Gabriel le informó que su parienta Elisabet, estaba en su sexto mes; contando desde agosto por el calendario judío, nos lleva a enero, ahora bien, no sabiendo con precisión los días en que ambas quedaron embarazadas; si contamos nueve meses completos para la concepción de María, el parto de Jesús tendría lugar entre finales de septiembre a primeros de octubre, pero jamás en diciembre.
  9. A continuación se añade a esta cronología, información de fuentes seglares que citan tanto de la historia como de la Biblia, como pruebas ineludibles de la fecha del nacimiento de Jesús, así como del origen de la celebración de la Navidad.
    ¿Es la Navidad una celebración basada en la Biblia? La fecha de la celebración
La "Cyclopedia de M'Clintock y Strong" dice: “La observan-cia de la Navidad no proviene de designación divina, y el Nuevo Testamento no le dio origen. De hecho, ni del Nuevo Testamento ni de ninguna otra fuente puede determinarse el día del nacimiento de Cristo” (Nueva Yórk, 1871:, tomo II, pág. 276).
Lucas 2:8-11 muestra que había pastores en los campos de noche cuando nació Jesús. El libro Daily Life in the. Time of Jesús (La vida diaria en los días de Jesús) declara: “Los rebaños pasaban el invierno bajo cubierta; y de esto en sí mismo se puede ver que no es probable que la fecha tradicional para la Navidad, en el invierno, sea correcta, dado que el Evangelio dice que los pastores estaban en los campos” (Nueva York, 1962; Henri Daniel-Rops, pág. 228).
The Encyclopedia Americana nos informa: “La razón para establecer el 25 de diciembre como la Navidad no está muy clara, pero por lo general se sostiene que se escogió el día porque correspondía con las fiestas paganas que se celebraban alrededor del tiempo del solsticio de invierno, cuando los días empiezan a alargarse, para celebrar el ‘renacimiento del Sol’. Las saturnales romanas (una fiesta dedicada a Satur¬no, el dios de la agricultura y al poder renovado del Sol), también tenían lugar en este tiempo, y se cree que algunas costumbres navideñas tengan sus raíces en esta antigua cele¬bración pagana” (1977, tomo 6, pág. 666).
• La New Catholic Encyclopedia reconoce esto: “No se conoce la fecha del nacimiento de Cristo. Los Evangelios no indican ni el día ni el mes. De acuerdo con la hipótesis que sugiere H. Usener y la mayoría de los escriturarios de hoy aceptan, sé asignó al nacimiento de Cristo la fecha del solsticio de invierno (el 25 de diciembre en el calendario juliano, 6 de enero en el egipcio), porque en este día, a medida que el Sol empezaba a regresar a los cielos norteños, los devotos paganos de Mitra celebraban el dios datalis Solis Invicti (natalicio del Sol Invicto). El 25 de diciembre de 274 Aurelio había procla¬mado al dios solar el patrón principal del imperio, y le había dedicado un templo en el Campo de Marte. La Navidad se originó en un tiempo en que el culto del Sol era especialmente dominante en Roma” (1967, tomo III, pág. 656).
Los magos dirigidos por una estrella Aquellos magos eran en realidad astrólogos del oriente (Mat. 2:1, 2, NM; BD). Aunque la astrología es popular entre muchas personas hoy, la Biblia desaprueba enérgicamente esta práctica. (Véanse las páginas 109, 110, en la sección titulada “Destino (Hado)”.) ¿Habría conducido Dios hacia el recién nacido Jesús a personas cuyas prácticas condenaba?
Mateo 2:1-16 muestra que la estrella condujo a los astró¬logos primero hacia el rey Herodes y luego hacia Jesús, y que Herodes entonces procuró que se diera muerte a Jesús. No se menciona que nadie además de los astrólogos haya visto la “estrella”.~ Después que ellos partieron, el ángel de Jehová advirtió a José que huyera a Egipto para proteger al niño. ¿Fue aquella “estrella” una señal procedente de Dios, o provino de alguien que procuraba la aniquilación, del Hijo: de Dios?
Note que el registro bíblico no dice que ellos hallaron al ‘infante Jesús en un pesebre, como por costumbre se pinta en el arte navideño. Cuando los astrólogos llegaron, Jesús vivía en una casa con sus padres. En cuanto a la, edad de Jesús entonces, recuerde que Herodes, basándose en lo que había llegado a saber mediante los astrólogos•, decretó que se aniqui¬lara a todos los niños varones del distrito de Belén que tuvieran dos años de edad o menos. (Mat. 2:1, 11, 16.)
El dar regalos como parte de la celebración; son cuentos acerca de San Nicolás, Papá Noli, etc.
La práctica, de dar regalos de Navidad no está basada en lo que hicieron los magos. Como se muestra arriba, ellos no llegaron cuando Jesús nació. Además, no se dieron regalos unos a otros, sino que los dieron al niño Jesús, en armonía con lo que se acostumbraba en aquel entonces: al visitar a personas notables.
The En encyclopedia Americana declara: “Durante las satur-nales predominaba el banquetear, y se intercambiaban regalos” (1977, tomo 4, pág. 299). En muchos casos, esto representa el espíritu del dar navideño... el intercambio de regalos. El espíritu que se refleja en dicha costumbre de dar regalos’ ‘no trae verdadera felicidad,. Porque viola principios cristianos,, corno los que se encuentran en Mateo 6:3., 4 y 2 Corintios’9:.7. Ciertamente el cristiano puede dar regalos a otras personas en otras ocasiones durante el año para expresar su amor, y puede hacerlo cuantas veces quiera.
.Según el lugar dónde los niños vivan, se les dice que reciben los regalos de Santa Claus, San Nicolás, Papá Noel, Pere Noél, Knecht Ruprecht, los reyes magos, el duende Jultomten: (o Julenissen), o una bruja llamada la Befana (The. Wórld Book Encyclopedia, 1984, tomo 3, pág. 414). Por supuesto, ninguno de esos cuentos es realmente verídico. ¿Cultiva en los niños un respeto por la verdad el relatarles tales cuentos y honra dicha práctica a Jesucristo, quien enseñó que a Dios hay que adorar¬lo con verdad? (Juan 4~23~:24.)
Las fiestas de la Navidad son un engaño religioso más de la mafia que nada tiene que ver con Cristo, como en todos los casos usan el cristianismo como un negocio comercial. Recordemos que Jesús de Nazaret echó por dos veces a los comerciantes que usaban el templo para hacer negocios engañosos.
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